jueves, 23 de mayo de 2013

Rincón literario

Aforismos 


Lo único que no tiene solución ni remedio es la muerte.

Es mejor cometer errores que quedarse con la duda.

La literatura nos acerca a mundos y vidas que no nos atrevemos a probar.


Haikus 

El aire frío
golpeó sus mejillas,
era invierno.

Sus ojos grises
se fijaron en ella:
ya era tarde.

Él lo sabía.
El reloj marcó las dos:
La muerte ganó.

Microrrelatos

Era la última vez. Se miró al espejo. No había señales que indicasen lo que acababa de hacer que no pudiese ocultar. Sabía que no estaba bien, que no debía volver a hacerlo. Pero en ese instante, todos los recueros irrumpieron en su mente. Se deslizó hasta la bañera y vio como se llenaba. Se metió dentro y cerró los ojos, mientras el agua se teñía de rojo.

Realmente era la última vez que iba a hacerlo.

***

El anciano emprendió el viaje. Cogió los pocos enseres personales que le quedaban, aquellos que habían sobrevivido a los envites que había sufrido a lo largo de su vida, y con serenidad, abandonó la cabaña que había sido su hogar durante los últimos años. Se dispuso a comenzar el trayecto, internándose cada vez más en el bosque. Tras largas horas de camino, sintiéndose desfallecer, se recostó sobre un viejo álamo. Descansó unos instantes, con los ojos cerrados, disfrutando de la tranquilidad que le proporcionaba la naturaleza. Con parsimonia, sintiendo cómo el cansancio había hecho mella en su cuerpo, sacó de su pequeño hatillo un urna pobremente acabada. Suspiró y la posó junto a él.

-Mi amor… Espero que me perdones, no he podido llevarte a un lugar mejor… Pero espero que recuerdes, que bajo este árbol te besé por primera vez… Y solo por eso, para mí ya es más importante y más valioso que ningún otro sitio. Espero que te guste mi vida… Nunca te olvidaré.

Y tras estas últimas palabras, cerró los ojos una vez más, para no volver a abrirlos. Se dice que los amores más puros y plenos nunca acaban, y finalmente ni la muerte les pudo separar. 

*** 

Te levantaste con esfuerzo de la cama, como cada mañana. Estiraste tus doloridas articulaciones con cuidado y bostezaste ruidosamente. Tus ojos se llenaron de pronto de lágrimas. Quizá un recuerdo de hace demasiados años irrumpió en tu mente, quién sabe.

Recorriste despacio con pequeños pasos inseguros el camino que separa tu cuarto de la cocina, y te preparaste un sencillo desayuno. Cuando abriste la alacena, te encontraste  con huellas de mi presencia, pequeños envases con mi comida.

Ese encuentro inesperado con tu pasado pareció afectarte, y sin embargo, el lugar en el que dormí durante años seguía intacto, junto con mis juguetes, como si se tratase de un siniestro altar. Quizá nunca perdiste la esperanza de que volviese.

Sé lo mucho que te dolió mi marcha. Te habías refugiado en mí, aunque no fuese yo, para poder superar la muerte de Gloria y evitar que la tristeza y la desesperación te sumieran en una espiral tenebrosa y oscura de la que, seamos sinceros, no hubieras sido capaz de salir.
Mi marcha volvió a dejarte solo, como tanto temías. Poco a poco fuiste perdiendo la fe, pobre de ti. Te convertiste en un esqueleto vacío, que solo esperaba el final. Y sin embargo hoy, vuelvo a ti, esta vez siendo yo.

Y cuando aparezco y me ves, me abrazas, me acaricias, volcando en mi todo tu miedo y temor. Porque vuelvo a estar donde pertenezco, aunque en realidad no, y todo está bien por unos instantes. Me notas más pequeño, más delgado, pero pareces pasarlo por alto. Porque quizá sabes que realmente no soy yo, no soy aquel que se marchó.

Pero llevo el collar que le regalaste, y tu corazón y tu alma necesitan creer. Así que sacudes esa dosis de dolorosa realidad amarga y me aceptas como aquel que se fue. Yo cierro los ojos. Y dejamos de estar solos.

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