Aforismos
Lo único que no tiene solución ni
remedio es la muerte.
Es mejor cometer errores que
quedarse con la duda.
La literatura nos acerca
a mundos y vidas que no nos atrevemos a probar.
Haikus
El
aire frío
golpeó
sus mejillas,
era
invierno.
Sus
ojos grises
se
fijaron en ella:
ya
era tarde.
Él
lo sabía.
El
reloj marcó las dos:
La muerte ganó.
Microrrelatos
Era la última vez. Se miró al
espejo. No había señales que indicasen lo que acababa de hacer que no pudiese
ocultar. Sabía que no estaba bien, que no debía volver a hacerlo. Pero en ese
instante, todos los recueros irrumpieron en su mente. Se deslizó hasta la
bañera y vio como se llenaba. Se metió dentro y cerró los ojos, mientras el
agua se teñía de rojo.
Realmente era la última vez que
iba a hacerlo.
***
El anciano emprendió el
viaje. Cogió los pocos enseres personales que le quedaban, aquellos que habían
sobrevivido a los envites que había sufrido a lo largo de su vida, y con
serenidad, abandonó la cabaña que había sido su hogar durante los últimos años.
Se dispuso a comenzar el trayecto, internándose cada vez más en el bosque. Tras
largas horas de camino, sintiéndose desfallecer, se recostó sobre un viejo
álamo. Descansó unos instantes, con los ojos cerrados, disfrutando de la
tranquilidad que le proporcionaba la naturaleza. Con parsimonia, sintiendo cómo
el cansancio había hecho mella en su cuerpo, sacó de su pequeño hatillo un urna
pobremente acabada. Suspiró y la posó junto a él.
-Mi
amor… Espero que me perdones, no he podido llevarte a un lugar mejor… Pero
espero que recuerdes, que bajo este árbol te besé por primera vez… Y solo por
eso, para mí ya es más importante y más valioso que ningún otro sitio. Espero
que te guste mi vida… Nunca te olvidaré.
Y
tras estas últimas palabras, cerró los ojos una vez más, para no volver a
abrirlos. Se dice que los amores más puros y plenos nunca acaban, y finalmente
ni la muerte les pudo separar.
***
Te levantaste con esfuerzo de la
cama, como cada mañana. Estiraste tus doloridas articulaciones con cuidado y bostezaste
ruidosamente. Tus ojos se llenaron de pronto de lágrimas. Quizá un recuerdo de
hace demasiados años irrumpió en tu mente, quién sabe.
Recorriste despacio con pequeños
pasos inseguros el camino que separa tu cuarto de la cocina, y te preparaste un
sencillo desayuno. Cuando abriste la alacena, te encontraste con huellas de mi presencia, pequeños envases
con mi comida.
Ese encuentro inesperado con tu
pasado pareció afectarte, y sin embargo, el lugar en el que dormí durante años
seguía intacto, junto con mis juguetes, como si se tratase de un siniestro
altar. Quizá nunca perdiste la esperanza de que volviese.
Sé lo mucho que te dolió mi
marcha. Te habías refugiado en mí, aunque no fuese yo, para poder superar la
muerte de Gloria y evitar que la tristeza y la desesperación te sumieran en una
espiral tenebrosa y oscura de la que, seamos sinceros, no hubieras sido capaz
de salir.
Mi marcha volvió a dejarte solo,
como tanto temías. Poco a poco fuiste perdiendo la fe, pobre de ti. Te
convertiste en un esqueleto vacío, que solo esperaba el final. Y sin embargo
hoy, vuelvo a ti, esta vez siendo yo.
Y cuando aparezco y me ves, me
abrazas, me acaricias, volcando en mi todo tu miedo y temor. Porque vuelvo a
estar donde pertenezco, aunque en realidad no, y todo está bien por unos
instantes. Me notas más pequeño, más delgado, pero pareces pasarlo por alto.
Porque quizá sabes que realmente no soy yo, no soy aquel que se marchó.
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